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Naturalmente,
las relaciones entre hombres y mujeres son más complejas
en la vida real. Jane, una zimbabueña que pidió
que no se mencionara su apellido, dice que "si tu marido
te exige relacieones sexuales, no te está permitido
negarte pero, en la práctica, se establecen una comunicación
y un entendimiento entre uno y otro". El problema estriba
en que esa comunicación se establece en un campo profundamente
inclinado en favor del hombre. Jane, por ejemplo, se enteró
de que su marido tenía por su cuenta una amiguita y
se atrevió a dar el paso de pedirle que se pusiera
preservativo. "Mi marido me contestó que él
no usaba preservativo con su mujer -recuerrda Jane-, así
que creo que ése es el motivo por el que he contraido
la infección". Ella no es la única. Un
estudio realizado en Zimbabue descubrió que más
de la mitad de las mujeres con enfermedades de transmisión
sexual habían contraído sus dolencias a través
de sus maridos.
El matrimonio,
afirman muchos de los que trabajan en el tema del SIDA, es
un factor de riesgo. Informes no sistemáticos indican
que el sexo en seco es cada vez menos común entre la
población joven urbana y educada. Pero también
hay fuertes llamamientos a que se rechace el reparto de papeles
entre los géneros a la manera occidental, del que se
dice que resulta castrante para los hombres. Incluso en las
ciudades, afirma Matshe, "la cosa anda al 50 por ciento".
Por supuesto, los africanos todavía viven, en su gran
mayoría, en zonas rurales o ciudades pequeñas.
Además, los cambios de las costumbres sexuales no son
nunca fáciles, en parte porque afectan a puntos fundamentales
de la identidad personal y de los papeles sexuales.
No resulta
sorprendente que a los hombres les guste el sexo en seco:
los tejidos henchidos empequeñecen la vagina y, en
consecuencia, hacen que el hombre sienta que lo tiene de mayor
tamaño. Además, algunos hombres (y mujeres)
encuentran repugnantes las secreciones vaginales, en tanto
que a otros les disgusta el ruido del sexo húmedo.
Además, una vagina que esté demasiado húmeda
y holgada puede ser interpretada por muchos hombres como signo
de infidelidad. Con todo, algunas mujeres también prefieren
el sexo en seco. Mhakeni dejó de hacerlo exclusivamente
porque es seropositiva y quiere protegerse de contraer cualquier
enfermedad de transmisión sexual que pueda debilitar
su sistema inmunológico. A pesar del dolor del sexo
en seco, ella se muestra a favor.
"Es
nuestra cultura", explica. Luego añade una razón
que los investigadores y los que trabajan con el SIDA dicen
que oyen sin cesar una y otra vez: "Si no uso hierbas,
mi hombre se irá con cualquier otra". De hecho,
Mhakeni vende esas hierbas y las mujeres las compran, por
más que ella les advierta de los riesgos. "Dicen
que no importa si el VIH les es inoculado por el marido, porque,
por lo menos, van a seguir casadas". Fanuel Adala Otuko
tiene toda la pinta de ser el jefe del pueblo lúo de
Kenia: ya mayor, anda más derecho que un palo y le
faltan seis dientes de la parte de abajo, que le quitaron
cuando tenía 12 años, como un rito de iniciación.
"Duele -confiesa-, pero no puedes llorar".
Los lúos
ya no les extraen los dientes a sus hijos, pero Otuko y otros
ancianos quieren restablecer algunas de las demás tradiciones
lúas, en especial aquellas que c reen que podrían
retrasar la propagación del VIH, que se ha cebado en
su pueblo. En Kenia, la tierra de los lúos es una de
las zonas más castigadas del país, con una tasa
de infección que se dispara hasta el 20 por ciento
entre los adultos de Kisumu, la ciudad en la que vive Otuko.
Los que trabajan con el SIDA por toda Africa están
empezando a apuntar hacia el comportamiento masculino. En
lo que se refiere a Kisumu, lo que más les preocupa
son los pescadores de las riberas del Lago Victoria, que atraen
a las jovencitas a base de dinero. Sin embargo, Otuko y otros
ancianos lúos se centran en las mujeres. Los ancianos,
por ejemplo, quieren restablecer el ideal de la virginidad
femenina. De acuerdo con la tradición, una docena o
más de mujeres casadas acudían a la casa de
los recién casados en la tarde del día de la
boda para comprobar que hubiera sangre, que pasa por ser un
signo de la virginidad de la mujer.
También
examinaban al hombre, no su virginidad, sino su habilidad
sexual. "Dan testimonio de que ella tiene un hombre normal
-explica Otuko-, un hombre que puede tener relaciones sexuales
con ella". Los ancianos quieren asimismo que se adopten
medidas más agresivas. En contra de las recomendaciones
de la mayoría de los trabajadores de la sanidad pública,
quieren que se identifique a las seropositivas y que se les
impongan determinadas restricciones. "Tendrían
que estar controladas, mantenidas en cuarentena en unos lugares
determinados", opina Otuko (sólo cuando se le
pregunta, añade que esas restricciones podrían
aplicarse igualmente a los hombres).
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"El
SIDA es algo grave -declara-. No tiene cura. Así pues,
la gente tendría que evitar el contacto con mujeres
infectadas y, especialmente, el contacto sexual". Ahí
está el problema, porque una de las más veneradas
tradiciones lúas implica que se mantengan habitualmente
relaciones sexuales con las viudas, y el SIDA ha provocado
una proliferación de viudas. Al igual que en muchas
culturas del este y del sur de Africa, los lúos practican
lo que, de uno u otro modo, se traduce por "protección
del hogar" o, más corrientemente, por "herencia
de las viudas". Cuando muere el marido, uno de sus hermanos
o de sus primos ha de casarse con la viuda. Esta tradición
garantizaba que los niños seguirían perteneciendo
al clan del marido fallecido -a fin de cuentas, se había
pagado una dote por la mujer- y aseguraba también que
alguien se haría cargo de la viuda y sus hijos. Cuando
el protector toma a la viuda, se cree que la relación
sexual la "libera" a ella de los demonios de la
muerte.
Una mujer
que se negara a aceptar un protector atraería la "chira"
-la mala suerte- sobre todo el clan. Como es natural, si el
marido ha muerto de SIDA, la viuda le va a transmitir el virus,
a buen seguro, a su protector. Millicent Obaso, una trabajadora
de la sanidad pública, de raza lúa, enrolada
en la Cruz Roja, afirma que "nos encontramos con casas
en las que han muerto todos los hombres a causa de esto de
la herencia de las viudas". El peligro que supone para
los herederos no es más que una de las razones por
las que el SIDA está poniendo en cuestión esta
tradición. Se supone que los protectores van a proporcionar
ayuda pero hasta los ancianos reconocen que los herederos
toman a las viudas muchas veces sólo para satisfacer
sus deseos sexuales o para quedarse con sus bienes.
Según
la tradición, el protector debe tener ya su propia
esposa por lo que, con independencia de las intenciones que
pueda tener, la pobreza suele llevar a que sea imposible mantener
una segunda familia. Anna Adhiambo ha vuelto al lugar en el
que vivieron ella y su marido: en la aldea de Ngeri, en una
fértil ladera que desciende hacia la azul extensión
del lago Victoria. Es la primera que regresa allí desde
que la familia de su marido, ya fallecido, le obligó
a abandonar aquellas tierras hace dos años. Su marido
murió de SIDA en 1996 y ella fue adjudicada en herencia
a uno de los primos.
Ella tenía
la esperanza de que el hombre le ayudara a mantener a sus
tres hijos y pagara los gastos escolares (la educación,
al igual que en la mayor parte de los países africanos,
no es grauita en Kenia). Pero él era un pescador que
ya tenía su propia familia y "cada vez que volvía
del lago -recuerda Anna-, decía que no tenía
bastante para todos. Siempre la misma cantinela". Discutían
con frecuencia y, cinco meses después de ser heredada,
Anna decidió separarse de él. Las consecuencias
fueron inmediatas y crueles. Un grupo de hombre del clan les
conminó a ella y a sus hijos a irse de allí
al día siguiente. Ella recuerda que la llamaron "ochot",
que quiere decir puta que "anda de mano en mano".
Cuando
ella les pidió "iros, por favor, y dejadme en
paz en mi casa", recuerda que uno de sus cuñados
le contestó: "Esta casa es nuestra. No me contestes
así de mal porque, si lo vuelves a hacer, te voy a
atizar". Consolata Atieno es la suegra de Anna. Ha estado
alisando las paredes de tierra de una choza nueva y, mientras
habla, el barro, endurecido en sus manos, se seca y se cuartea.
Anna "violó la tradición, rompió
un tabú -afirma-, así que tuvimos que echarlos,
a ella y a sus hijos. Para nosotros, los muebles y los enseres
de la casa eran de mi hijo, así que nos los llevamos.
Anna no los había comprado. Además nos quedamos
la tierra: parte se la dimos a mis otros hijos, parte la hemos
vendido.
En nuestra
tradición, una mujer es propiedad de la familia de
su marido. El la compró al pagar la dote". Al
no poder cultivar sus tierras, Anna se saca en la actualidad
menos de diez dólares al mes a base de trabajos esporádicos
en la ciudad vecina. El Akado Women's Group (Grupo de Mujeres
de Akado), una organización local, le presta alguna
ayuda pero, de momento, sólo uno de sus tres hijos
va a la escuela. ¿Cómo se siente Atieno ante
los padecimientos de sus nietos? "Cuando Anna decidió
lo que decidió, tenía que haber pensado en las
consecuencias". Pero, si Anna no puede mantenerlos, sus
hijos van a correr mayores riesgos de continuar con el ciclo
de la infección. Un estudio realizado en Zambia, por
ejemplo, descubrió que la falta de educación
multiplicaba por cuatro las posibilidades de que una mujer
contrajera el VIH. Otuko y los ancianos creen que la "protección
del hogar" podría reforzar la unidad de familias
como la de Anna. Lo que los ancianos pretenden es despojar
a esta tradición de su componente sexual y transformarla
en lo que ellos denominan "herencia simbólica".
Puntualizan que la limpieza sin connotaciones sexuales se
practicaba también con las viudas de mayor edad, que
habían pasado ya la menopausia.a
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