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En determinadas
zonas de Zambia y Zimbabue, han ganado terreno ritos simbólicos
de este tipo. Oriare Nyarwath, profesor de filosofía
de la Universidad de Nairobi, cree que la herencia sin implicaciones
sexuales podría contribuir a "una digna muerte
de esta costumbre, sin que la gente se sintiera desamparada
desde el punto de vista cultural". No obstante, advierte,
hasta la protección simbólica implica que las
mujeres están subordinadas al hombre y dependen de
él. "La cultura es patrilineal y patriarcal -añade-.
La mujer se traslada a vivir a la casa del hombre, la mujer
se adapta a la cultura del hombre, así que, necesariamente,
la mujer no está en pie de igualdad con el hombre".
La desigualdad
más perniciosa es la pobreza, que no es, bajo ningún
concepto, un fenómeno exclusivamente africano. De los
1.300 millones de personas que, en el mundo, viven en la pobreza
más abyecta, el 70 por ciento son mujeres y, en su
gran mayoría, se encuentran con los mismos problemas
básicos que las mujeres africanas. "En las sociedades
preindustriales, las mujeres se quedan reducidas a su papel
reproductor", afirma Geeta Rao Gupta, presidenta del
ICRW (International Center for Research on Women, o Centro
Internacional de Investigación sobre la Mujer).
En los
numerosos estudios realizados por el ICRW sobre el VIH, las
mujeres de Latinoamérica, Asia y Africa manifiestan
que no se atreven a insistir en unas relacieones sexuales
más seguras o que no se oponen a las relaciones sexuales
dolorosas por miedo a ser abandonadas por su maridos y a caer
en la indigencia. No es, pues, de extrañar que, en
un estudio sobre 19 países, el ICRW descubriera que
la tasa de VIH era más alta cuanto más baja
era la consideración de la mujer. Pocos lugares existen
en los que la pobreza sea más terrible que en las barriadas
de las afueras de Nairobi, inmensas colmenas de chabolas de
hojalata, cloacas al aire libre y apestosas calles cubiertas
de basuras. En Korogocho, uno de los barrios más pobres
y humildes, un laberinto de estrechas callejuelas lleva hasta
una choza de una sola habitación en la que el aroma
de un potaje de verduras que se cuece lentamente en una fogata
pugna por imponerse al hedor de aguas residuales que se cuela
desde el exterior.
Este es
el hogar de Mary, que ha rogado que no se utilice su apellido.
Dos niños muy pequeños -el séptimo hijo
de Mary y su primer nieto- están acostados en una cama.
Hace tan sólo una semana, uno de los clientes de Mary
-que le paga nada más que 75 centavos por servicio-
le abofeteó en la cara cuando ella le pidió
que se pusiera un condón. "No me puedo comer un
caramelo con el papel de encima", repuso él. Al
recordar que, ocho años atrás, su hombre le
pegaba tales palizas que se quedaba imposibilitada de trabajar
durante los dos días siguientes, ella le dejó
hacer a aquel cliente tan violento. Es posible que éste
termine pagando con SIDA su satisfacción sexual, porque
Mary es seropositiva. Mary no nació en estos suburbios,
sino en el campo, a 100 kilómetros de Nairobi.Allí,
la fértil tierra rojiza nutre las anchas hojas verdes
de las plataneras, las ondulantes matas de los cafetales y
las cañas de amarillentos penachos de los maizales.
La madre
de Mary, Beth, está sentada en una choza, cuya puerta
se mantiene abierta sostenida por un machete, y explica por
qué se marchó su hija. Su relato se corresponde
punto por punto con el que dió su hija por separado.
La historia que cuentan es como una alegoría de hasta
qué punto la falta de poder de las mujeres fomenta
la epidemia de SIDA. El marido de Mary "era un borracho",
dice Beth. Le daba a Mary una paliza prácticamente
cada semana, le quemaba la ropa y no le daba de comer. En
cierta ocasión en que estaba vapuleando a Mary se puso
por medio uno de los hijos, una niña. El marido apartó
violentamente a la niña, de siete años, que
fue a parar contra una roca, se produjo una lesión
pulmonar y tuvo que ser hospitalizada durante dos semanas.
Mary se fue con sus padres.
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Al
principio, el padre de Mary, que murió hace ahora un
año, la acogió de buen grado en la casa. Sin
embargo, a los pocos días se dió cuenta de que
Mary y sus hijos eran unas nuevas bocas más que alimentar.
Recuerda Mary que "mi padre me dijo que él ya
tenía sus propios hijos, así que éramos
una carga para él, que cogiera los bártulos
y que me largara". Hay miles de mujeres como Mary en
Nairobi, por no hablar de todo el resto de Africa, y, para
que contribuyan a cambiar la tendencia de expansión
del VIH, necesitan mucho más que estar informadas del
SIDA.
"Las
mujeres con las que trabajo sostienen que prefieren morir
de SIDA el día de mañana que de hambre hoy",
declara Ann Waweru, directora del VWRC (Voluntary Women's
Rehabilitation Centre, o Centro de Rehabilitación Voluntaria
de Mujeres), una organización que ayuda a las profesionales
del sexo, Mary entre ellas, a encontrar otro tipo de trabajo.
No resulta fácil. "La mayoría no tiene
ninguna cualificación ni uin lugar al que acudir para
obtener un préstamo con el que abrir un negocio. Un
hombre no carga casi nunca con niños, por lo que puede
hacer trabajos esporádicos, sacarse 20 chelines y vivir
con eso. Pero la mayor parte de las mujeres con las que trabajamos
tienen hijos. La miseria las lleva a dedicarse al sexo por
dinero". De acuerdo con las costumbres del pueblo kikuyu,
cada uno de los hermanos de Mary recibió una parcela
de tierra para que la cultivaran.
Pero,
al ser niña, Mary no recibió nada. Al principio,
ella trató de quedarse en el pueblo y de atender a
sus necesidades y a las de sus hijos a base de aceptar trabajos
de poca monta como el de sacar agua del pozo y el de ayudar
a la gente a cultivar sus campos. Pero a su padre eso no le
gustaba y amenazó a Mary y a su madre con pegarles.
Al cabo de seis meses, Mary se marchó a Nairobi con
sus hijos y prácticamente sin nada más. En la
ciudad, pasó la primera noche en casa de un amigo,
que le dijo: "Voy a enseñarte la forma en que
puedes sacar dinero". Mary se encontró con que
esa noche tuvo su primer cliente y, recuerda ella, "yo
estaba feliz porque me saqué un dinero para dar de
comer a mis hijos".
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